25 feb. 2013

 

"El barco del amor se despedazó contra la vida corriente", algo así se llamaba. Te lo dejó mi novia allí clavado, en un portalón de la Ronda de Nelle, después del descenso. Tenía esperanzas de que lo vieras al salir de casa. La chica se había enamorado de ti en un partido contra la Juventus, años atrás, o puede que mucho antes. Sus carcajadas solían llegar hasta Sada en aquellas pausas de sobremesa dónde, muy fumados, imitábamos tu voz de Somerville guanche. Luego los dos corríamos por las calles haciendo el gilipollas y nos parábamos a pintar tus botas azabache en los paneles del Concello, cuando hacía un tiempo tan hermoso. 

Más tarde, al principio de los anos escuros, varios factores nos fueron privando de ti poco a poco. Te resentías de tu rodilla, no acababas de pillar la forma pero te fuiste colando hasta que te llamaron, ya con el agua al cuello. En aquel sprint final de la temporada 2010-11 tus lágrimas fueron la foto del drama, pero todo el mundo resolvió que el hundimiento era también alivio. Sí, en segunda alisamos nuestras penas viéndote casi cuarenta veces, un descontrol, el doble que en años anteriores, liderando el asunto con 36 años nada menos. 

Subimos y tus amortiguadores viejos siguieron apareciendo sobre el césped, ya llegado el otoño. Con la marcha de Oltra te sentaron y muchos creímos que era necesario. Pecado mortal, ruin. El sábado tenía ganas darme de latigazos, no por la derrota, sino por el hecho de haberme planteado tu ausencia, por verte y experimentar ese placer que pensamos nunca desaparecerá, pero que probablemente se esfume este mismo año. 

A la Iglesia de Südstern me dirijo, para obrar penitencia.

Juan Carlos, escúchame: expuestos como estamos a esa losa que amenaza con aplastarnos los huesos definitivamente, yo sólo quiero ver cómo se retuercen tus cicatrices, oliendo espacios, abriéndose para dar aire a las decenas de miles de deportivistas colgados de tu pelo, dispuestos todos ellos a no volver de la Evasión Final y Desesperada.

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